Las islas de Moana
La primera vez que quedé boquiabierto por ti fue aquel día que viniste ver una película en mi casa y tu camiseta que te quedaba muy corta se la pasaba subiendo exhibiendo al mundo tus caderas.
En ese momento, que fue solo un segundo, quedó grabado en mi corazón cada curva, cada músculo, cada peca, cada ángulo de tus huesos que se sobresalen y marcan tu vientre.
Ese segundo fue una eternidad en la cual te besé mil veces sobre cada cosa que vi. Ese espacio de 5 centímetros entre tu camiseta y tu cinturón se convirtió en un templo de mi nueva religión. Ese día te di mi alma sin esperar a la salvación.
Cómo rezo estos días? “Amor, no soy digno que me dejes acariciarte, pero una cachetada tuya es suficiente para enamorarme”. Idolatrar es un pecado que ahora entiendo.
Nunca jamás volviste a mi casa. El espacio que ocupaste ha sido ocupado por muchas otras. Pero ninguna me ha dejado boquiabierto como tú.
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